El poder y el ser humano

Seguramente algunos logran sin dificultad identificar y recordar por lectura o por documentales e inclusive películas, el científicamente famoso experimento de Stanford, en manos del Dr. Philip Zimbardo, llevado a cabo en las instalaciones de la Facultad de Psicología de la Universidad de Stanford, California, Estados Unidos.

Este experimento, que inicialmente estaba concertado para un aproximado de dos semanas y que solo pudo sobrevivir 6 días, evidenció el grado de intoxicación psicológica que puede asimilar una persona normal, cuando se le conceden poderes sobre sus semejantes, contando con la participación de voluntarios jóvenes, en su mayoría universitarios, que por una paga no tan significativa aceptaron asumir, unos el rol de reos y otros el rol de guardias de una prisión, lo que al final de seis días se volvió un verdadero caos social, donde imperaba el abuso y sadismo por parte de los guardias, así como la desolación, rebelión, depresión y desconsuelo por parte de los reos.

Con la finalidad de no extenderme tanto, ya que todos pueden acceder a esta información y conocer más a detalle lo expuesto, este experimento, de por sí bastante polémico pero revelador a su vez, terminó como un precedente en la investigación de la psicología, respecto a cómo, quizás todos podemos sucumbir a un exceso de poder, pero aún más desconcertante, cómo la parte oprimida, en la mayoría de los casos, con la posibilidad y herramientas para acabar con esta situación, no lo hace. De hecho, durante las entrevistas a los sujetos vinculados al experimento, no se puede pasar por alto lo dicho por un chico que ocupaba el rol de guardia, cuando expresó “…yo hice por mi parte también un experimento, trataba de cada vez más ejercer maldad en mis acciones esperando que alguien de los presos me frenara y no sucedía, viendo esto me sentía con más libertad de hacer peores cosas, y aún así nadie hizo nada para detenerme…”

Este experimento social a escala, es un claro aviso de las consecuencias de conceder un poder importante a alguien semejante a nosotros, para poder dirigir bien o mal a un grupo pequeño o grande de personas, esto lo vemos incluso en las empresas, donde quien manda, a veces, resulta ser una persona déspota, ofensiva y discriminatoria, y para no ir más lejos, en los mismos hogares donde el padre, por entenderse como un rol de quien dirige y mantiene a su familia, asume el derecho de maltratar a todos o algunos de sus integrantes.

Lo grave es cuando trasladamos este ejercicio a un país, refiriéndonos al caso del gobierno, de ese semejante a nosotros, a quien NOSOTROS MISMOS, somos quienes le regalamos el derecho absoluto a gobernarnos, pero que cuando vemos que esta persona no es lo que queríamos, sentimos que no podemos y tal vez incoscientemente hasta no queremos sacarlo de su rol. Lo que en este caso es crítico y realmente increíble, es que sí podemos pero, aunque suene polémico, preferimos el egoísmo, la individualidad y en ciertos casos (para un país, muchos casos), la nostalgia y preferencia a vivir bajo una opresión, porque la incertidumbre de una posible libertad nos deja en el temor de lo que podríamos hacer y cómo vivir sin ese “gobierno”.

Como postre a todo lo dicho y retomando el experimento al que hago referencia, algunos de los voluntarios en el papel de reos quedaron con afectaciones psicológicas graves pero temporales, debido a que el experimento fue temporal. Me pregunto, cuántas personas viven en depresión ante las consecuencias de un mal gobierno, manejado quizás por un sujeto embriagado de poder y que quiere experimentar hasta dónde le permitimos hacer lo que hace, y tristemente no hacemos nada. La pregunta entonces es: Nosotros somos seres idóneos para manejar ese “poder”?

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